
Me estoy leyendo un libro sobre la represión franquista en Ponteareas (Pontevedra), en el que hay historias que bien merecerían su laberinto del fauno. Como el personaje de la película, el capitán franquista, durante los primeros años de la Guerra Civil muchos degenerados aprovecharon la locura bélica para dar rienda suelta a sus psicopatías. Esa gente, en la mayor parte de los casos, murió dignamente, enterrada en el panteón familiar como si hubiesen sido ciudadanos respetables. Su oscuro pasado de asesinos se silenció. Chiña, por ejemplo, sabe quién mató a su padre, que apareció tirado en una cuneta, como era común. Ella cumplirá 82 años en agosto pero no puede olvidar cómo los falangistas les quitaron todo, hasta la dignidad. Claro que había gente buena también en las filas franquistas, sus vecinos, de derechas, ayudaron a la familia de Chiña a guardar en el fallado de su casa víveres y recuerdos... Pero otros buscaron a su padre en Portugal y lo pasearon. Ella lo vio, en la cuneta. Apenas pudo reconocerlo. Ella sigue viviendo en Ponteareas, durante años se cruzó por la calle con el asesino de su padre. El capitán de El laberinto del fauno encarna una sangrienta pero hermosa fábula, la de que la maldad se castiga. Pero, en realidad, las cosas no fueron así. Los asesinos hicieron su propia transición, y la izquierda decidió cerrar los ojos para preservar la estabilidad de un país que pendía de un hilo. Sin embargo, quienes no recordamos nada de eso nos preguntamos por qué hay que guardar silencio. Por qué no podemos hablar de víctimas y verdugos. Por qué ha tenido que venir un fantástico director mexicano, Guillermo del Toro, a remover nuestras conciencias. A arrojarnos a la cara un pasado estremecedor que mucha gente de mi edad ignora.